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V FORO SOCIAL MUNDIAL

Porto Alegre, 26 al 31 de enero de 2005

 Espacio Temático: Economías soberanas

Las transformaciones recientes de la sociedad civil en la Argentina: 

economía social y organizaciones de trabajadores desocupados  [1]

 

Maria Lidia Saguier[2]

E-mail: marily@asaguier.com.ar

 

 

1.  Introducción

       El tema del presente trabajo se encuentra íntimamente vinculado a los profundos cambios experimentados en el conjunto de la sociedad argentina en el último decenio, y focaliza su atención en uno de los indicadores más representativos de las significativas transformaciones ocurridas en el seno de nuestra sociedad civil: la aparición de organizaciones de trabajadores desocupados que –en el marco de sus estructuras- promueven, implementan y desarrollan diversos emprendimientos de economía social.

Al hablar de economía social y de organizaciones de desocupados estamos haciendo referencia a realidades dolorosamente “novedosas” en nuestro contexto social, considerablemente complejas, y fuertemente contradictorias, en el sentido que por un lado señalan claramente los aspectos más “negros” de nuestra sociedad en este comienzo de milenio: la realidad de la marginación y la pobreza, de la injusticia, nuestro fracaso en la construcción de una sociedad “para todos”. Pero además de este lado oscuro, simultáneamente, estas realidades señalan algunos de los aspectos más luminosos de nuestro pueblo: marcan el coraje, la decisión de sobrevivir, el compromiso con la creación colectiva de una realidad diferente, más solidaria y más humana.

Algunas de las consecuencias más dramáticas de las reformas estructurales llevadas a cabo en Argentina durante la década de los 90 fueron la fuerte desindustrialización, el inédito nivel de desempleo generado, así como la intensa precarización laboral que afectó al conjunto del mercado de trabajo. El “fin del trabajo” pareció haberse instalado súbitamente entre nosotros, si bien, no precisamente debido a la revolución tecnológica  (Rifkin, 1996).

      Este cuadro social de características tan adversas creció en forma vertiginosa: entre 1990 y el año 2000 la desocupación aumentó 2,3 veces y la subocupación se duplicó. Si se compara el año 1990 con el 2002 entonces la desocupación se multiplicó 3,4 veces: el número de desempleados pasó de 888.000 a 3.060.000 (Goldin, 2002). En la medida que muchas redes de socialización dependen de la situación ocupacional, es posible inferir la extraordinariamente frágil inserción en que quedaron estos inmensos grupos humanos.

 El desarrollo general de la crisis llegó a adquirir contornos inéditos y una profundidad tal, que puso claramente de manifiesto la inviabilidad del modelo económico imperante, y cuestionó seriamente la gobernabilidad democrática.

 La gravedad sin precedentes de la situación puso de manifiesto -simultáneamente- los extraordinarios recursos de nuestra sociedad civil, en particular, la creatividad y entereza de los sectores más afectados por la crisis. Hacia finales de los ´90 -y después de diciembre de 2001, aún con más fuerza y vitalidad-, comenzó a manifestarse en estos sectores un complejo proceso de búsqueda de “nuevas soluciones”. Muchas organizaciones de desocupados se orientaron a potenciar estrategias de preservación y autoinclusión, comenzando a plantearse el desarrollo de emprendimientos de economía social en el marco de las mismas organizaciones.

       Los diversos emprendimientos de economía social surgen así, a lo largo y a lo ancho de todo nuestro país, como una respuesta reactiva a la situación de crisis. En el marco de este V Foro Social Mundial y en este panel que reúne a importantes redes internacionales de investigación, he querido traer y hacer presente la experiencia al respecto llevada a cabo en Argentina por las organizaciones de trabajadores desocupados. Vinculados a la generalizada crisis socio-económica, a la crisis del Estado, a la imposibilidad de obtener respuesta en el mercado de trabajo y a la falta de respuesta orgánica desde los sindicatos y otras organizaciones de la sociedad civil, sus emprendimientos de economía social surgen como una auténtica y original “tecnología popular de sobrevivencia”[3].

El presente trabajo plantea algunas de las cuestiones centrales de dicha experiencia, focalizando de manera particular la atención en la desarrollada en el marco de la Federación de Tierra y Vivienda (FTV).

 

 

2.  La FTV: una trayectoria singular

      En el conjunto de las numerosas y diversas organizaciones de trabajadores desocupados que coexisten actualmente en la Argentina -la Corriente Clasista y Combativa (CCC), Movimiento Independiente de Jubilados y Pensionados (MIJP), Movimiento Barrios de Pié, Polo Obrero, Movimiento Teresa Rodríguez, Movimiento Sin Trabajo Teresa Vive, Coordinadora Anibal Verón, Movimiento Territorial de Liberación, etc.- la elección de la FTV como marco organizacional-institucional de preferencia en la investigación llevada a acabo, se fundamenta en una serie de diferentes razones.

En primer lugar, dentro del contexto general de las organizaciones que nuclean a los trabajadores desocupados de mi país, la FTV se distingue marcadamente en términos de la antigüedad de su origen. El mismo se encuentra  vinculado a las tomas de tierras llevadas a cabo en 1986 -en La Matanza-, uno de los más populosos distritos que rodean a la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En este sentido, puede decirse que -comparativamente con otras organizaciones-, se le reconoce una larga trayectoria en términos de organización popular y de enfrentamiento e interpelación al Estado, habiéndose constituido muy tempranamente como la avanzada que lo re-ubica en su rol de garante de derechos ciudadanos fundamentales.

La FTV surge como un “movimiento social urbano”, que originalmente se estructura en torno a demandas hacia el Estado de mejores condiciones de vida, fundamentalmente vinculadas a la problemática de tierra, vivienda y servicios urbanos básicos. Hasta casi el final de los años 90 se concentra en la problemática de los asentamientos urbanos, para pasar progresivamente a encarar la problemática del desempleo, que en ese entonces comienza a extenderse masivamente.  Este giro que experimenta su trayectoria -desde su nacimiento vinculado a quienes reivindican su derecho a condiciones habitacionales dignas, hasta terminar identificándose con los reclamos de los desocupados-, constituye un elemento de gran singularidad en el conjunto de organizaciones que trabajan actualmente en dicha problemática.

Asimismo, su papel resulta protagónico en el surgimiento de los primeros Movimientos de Trabajadores Desocupados (MTD) y ejerce un importante liderazgo en la articulación de muchos de éstos movimientos que fueron surgiendo en distintas jurisdicciones. Obtiene de este modo, la característica de una muy fuerte territorialidad y un gran poder de convocatoria, que finalmente lleva a constituir una organización de alcance nacional, que termina de estructurarse en 1998 con su formal incorporación a la Central de Trabajadores Argentinos (CTA).

Este hecho de integrar de forma orgánica una organización sindical, le asigna a la FTV un perfil considerablemente inusual para el medio. Con respecto a esto último cabe puntualizar –como lo remarca Svampa (2003)- que la Central de Trabajadores Argentinos (CTA) fue una de las primeras organizaciones que percibió la potencialidad organizativa de los desocupados y tomó la estratégica decisión de articular de manera orgánica a trabajadores ocupados y desocupados.

La suma de características puntualizadas, así como el desarrollo del conjunto de la trayectoria de la FTV y el número y escala relativa de los emprendimientos de economía social desarrollados en el marco de la organización, creemos que le asignan a la misma una relevancia y singularidad que resultan altamente significativas en términos de la temática que indagamos. La organización comienza a consolidar de manera significativa su estrategia de economía social a partir del año 2002.

 

 

3.   Algunas referencias teórico- metodológicas

Surgida de las experiencias cooperativistas, mutualistas y de asociacionismo obrero llevadas a cabo en Francia durante el transcurso del siglo XIX, desde su inicio la economía social se plantea como una economía de la fraternidad o solidaridad. Su objetivo busca dar primacía a lo social en el desarrollo de la actividad económica misma. Dicha preocupación, se encuentra vinculada a las graves consecuencias sociales producidas por la Revolución Industrial; podría decirse que la economía social surge como reacción  frente a dicha “cuestión social”.          

      Hoy, frente a la crisis capitalista originada en la aplicación irrestricta de las políticas neo-liberales, y frente a la aparición de una  “nueva cuestión social” -de tanta o más gravedad que la del siglo XIX -, asistimos a un resurgimiento y renovación del concepto. Éste toma nuevos nombres: Economía Solidaria, Asociativa, Participativa, Alternativa, 3er. Sector, etc., los que -si bien- admiten definiciones y matices conceptuales diferentes, plantean una serie de características comunes. En la actualidad, todavía ninguna de las numerosas denominaciones y definiciones propuestas resulta unánimemente aceptada, por lo que  -generalmente- al hablar de economía social se prefiere hacer referencia a los caracteres específicos que aparecen con mayor regularidad en las empresas del sector.                

      Específicamente, en el marco del presente trabajo, al hablar de economía social desarrollada en el marco de las organizaciones de desocupados, estaremos haciendo referencia a emprendimientos que, surgidos o promovidos desde dichas organizaciones:

a)  tienen como objetivo la consecución de fines sociales, es decir, se plantean dar respuestas concretas a necesidades específicas y relevantes de los sectores más vulnerables de la población.

b)  se dan una organización caracterizada fuertemente por una impronta participativa y democrática en el conjunto de su gestión y en la toma de decisiones

c)  se encuentran fuertemente vinculados con la comunidad local y comprometidos en su desarrollo

d)  los eventuales beneficios económicos que pudieran obtener se asignan en función de los fines sociales perseguidos.

      Mientras la lógica del funcionamiento de las empresas capitalistas es la acumulación de capital, en los emprendimientos de economía social en general -así como en los desarrollados en el marco de las organizaciones de trabajadores desocupados-, la lógica que los impulsa apunta a asegurar la reproducción -con calidad creciente- de la vida de sus miembros y sus comunidades de pertenencia.     

      La investigación realizada fue llevada a cabo utilizando una estrategia metodológica exploratoria de carácter cualitativo.

      Por tratarse de un estudio exploratorio, que no persigue la verificación de hipótesis, se llevó a cabo una indagación aproximatoria que, acorde con los objetivos planteados, nos permitió precisar la concepción general prevaleciente sobre el tema en el universo de actores y protagonistas vinculados a la economía social, así como establecer la caracterización y alcance que dichos emprendimientos presentan específicamente en el marco de la FTV.

      La indagación se llevó a cabo utilizando la técnica de entrevistas en profundidad, considerada la más conveniente para alcanzar los objetivos propuestos; es decir, específicamente adecuada para acceder a la cosmovisión de los sujetos respecto de la temática aludida, pudiendo abordarla en sus propios términos y desde la propia perspectiva personal. Según Blanchet (1989), la utilización de entrevistas en profundidad presupone que el objeto temático de la investigación “será analizado a través de la experiencia que de él poseen un cierto número de individuos; perspectiva subjetivista completamente conforme con el pensamiento de Dilthey, para quien el mundo sólo existe en la representación de los individuos".

     Entre los meses de junio a diciembre de 2004, se realizaron entrevistas a 22 informantes claves, sumamente representativos del medio académico y de las diferentes áreas de gestión del gobierno nacional vinculadas a la temática, incluidos funcionarios del Ministerio de Desarrollo Social, Economía y Trabajo de la Nación, así como de la propia FTV. En este caso, se entrevistaron líderes de la organización a nivel nacional, de la Ciudad de Buenos Aires y de emprendimientos específicos en el conurbano bonaerense y en la Capital Federal.[4] En todos los casos, las entrevistas fueron grabadas íntegramente, utilizándose para el desarrollo de las mismas una guía de pautas temáticas especialmente diseñada en función de los objetivos del estudio.

      A continuación, se detallan -acotados a la breve extensión de este artículo- algunas de las principales cuestiones surgidas de la investigación.

           

 

4.   Origen y caracterización del fenómeno desde la percepción de los actores entrevistados

      En el conjunto de las entrevistas realizadas se plantea -de manera considerablemente explícita- el reconocimiento de que tanto la noción como las realidades concretas que asume la economía social en la Argentina, remiten de manera muy significativa -fundamentalmente- a una gran diversidad o pluralidad. En este sentido, las experiencias llevadas a cabo en el marco de las organizaciones de desocupados no constituyen una excepción. En la mirada de los entrevistados, la marcada heterogeneidad del sector -en términos de la casi totalidad de las características y aspectos identificables- es el elemento distintivo que más claramente caracterizaría al mismo en nuestro medio y en el actual estadio de desarrollo.

      El origen atribuido a las experiencias de economía social surgidas en el seno de estas organizaciones, resulta también -desde la mirada de los entrevistados-  significativamente compartido. Estas experiencias habrían surgido “por imperio de las circunstancias”, “por la necesidad de sobrevivir”, “de obtener los recursos mínimos imprescindibles para satisfacer las necesidades elementales de la vida”. En términos generales, los entrevistados coinciden en que se trataría de una respuesta reactiva a la situación de crisis; no de “algo elegido”, sino que aparece con un carácter más bien compulsivo. Dicha respuesta es planteada por los sectores sociales más desprotegidos y golpeados por la situación, generándola desde las mismas organizaciones territoriales en las que se habían refugiado y vinculado orgánicamente a partir de una primera instancia de trabajo comunitario barrial.

      Los entrevistados señalan que -en distintos períodos históricos y en diversos lugares del mundo- la economía social siempre ha surgido en momentos de crisis. En nuestro caso, se trata de una respuesta en medio de la gravedad de la  coyuntura que surge de un nivel sumamente peculiar de organización del pueblo, y como una respuesta que se plantea en términos colectivos. Son los mismos desocupados en sus organizaciones los que reivindican el ser “trabajadores sin trabajo”, e “inventan” la instancia de los emprendimientos de economía social.

      Las coincidencias en el discurso de los entrevistados son también significativas al momento de señalar las principales dimensiones que perciben en el fenómeno, tal como el mismo se presenta actualmente en nuestro medio. Los términos en que los entrevistados perciben y conceptualizan sus aspectos más significativos, hacen referencia a un conjunto de cuestiones que resultan analíticamente diferenciables, si bien -conceptualmente y en la práctica social- aparecen íntimamente interrelacionadas. Las principales dimensiones del fenómeno que resultan aludidas hacen referencia a:

  • la centralidad que en el mismo ocupa el trabajo,

  • al hecho de constituir la posibilidad de obtención de un ingreso de subsistencia y,

  • simultáneamente, reconstruir la solidaridad como valor cultural

  • restablecer la trama social, los lazos sociales seriamente dañados en la crisis.  

      Se señala también un aspecto de particular importancia para los sectores sociales involucrados en estas experiencias: la recuperación de la identidad personal, signada positivamente por un cambio significativo en el nivel de autoestima y una mayor conciencia de la propia dignidad. Ser desocupado ya no es un estigma, la pérdida masiva de referencias que tal situación implica se ve compensada por la incorporación a la organización, donde las prácticas comunitarias de autogestión proveen al individuo de un importante ámbito de continencia y nuevos referentes o modelos de identificación.

 

 

5. ¿Fenómeno “productivo” o fenómeno “cultural”?

Las coincidencias entre los actores entrevistados se reiteran a la hora de establecer la real importancia económica de los tipos de emprendimientos de economía social abordados en esta investigación. Hay una total coincidencia respecto de que, en términos generales, se trata de pequeños emprendimientos, relativamente modestos, de alcance considerablemente limitado, prácticamente orientados al entorno local más inmediato.

En este sentido, se coincide en la importancia de no perder de vista la perspectiva histórica, en tener en cuenta que se trata de un proceso que se está gestando, cuyo desarrollo resulta aún incipiente. La experiencia más avanzada de otros países da cuenta de sus inmensas posibilidades de desarrollo.

Simultáneamente, se destaca que en nuestro país es un fenómeno que no resulta acotado en términos geográficos. Tal vez puede observarse más frecuentemente en los cordones industriales devastados de las grandes áreas metropolitanas, pero las experiencias de economía social desarrolladas desde las organizaciones de desocupados se encuentran diseminadas en los más diversos lugares y latitudes del país.

            A modo de contrapunto, cabe puntualizar que resulta significativa la coincidencia de la percepción de los entrevistados respecto de que lo más importante y rico de la economía social llevada a cabo en las organizaciones de desocupados se vincula con cuestiones no económicas que reconocen dos instancias o niveles diferenciados:

 

a) el micro social, es decir, al interior de las mismas experiencias, en términos de los valores y concepciones sostenidos, las relaciones y vínculos establecidos y los debates planteados.

 

b) el macro social, en términos de su gran contenido simbólico como práctica novedosa o anticipatoria, surgida de una concepción de la sociedad, del hombre, de la vida, del trabajo, que se extiende con valor de verdadero y trascendente  “efecto de demostración”.

 

            En ambas instancias, el construir e instalar los valores y prácticas de la solidaridad, el compartir, el intercambiar ideas manteniendo las diferencias, el tomar decisiones conjuntas, el llevar a cabo acciones conjuntas, plantea la envergadura de un extraordinario trabajo cultural. Este sería el aporte más importante que, según los entrevistados, realiza en nuestro medio la economía social  llevada a cabo en el marco de las organizaciones de desocupados. Frente a ello, su importancia estrictamente económica quedaría, de algún modo, secundarizada.

En este sentido, se señala que la penetración de perspectivas neo-liberales e individualistas, -que también alcanzó a los sectores populares-, planteó en casi todas las organizaciones, y de acuerdo con el estilo de construcción política de cada una, la necesidad de profundizar los debates. Los temas planteados han sido muchos y diversos: ¿Qué es trabajo? ¿Cómo se elige a los que van a participar de los emprendimientos? ¿Los emprendimientos pertenecen a la organización o a los participantes? ¿De quién es la propiedad? ¿Es necesario crear o no, un excedente? ¿Cómo distribuir el excedente? ¿Generar un excedente remite necesariamente a la idea de mercado y de relaciones capitalistas? ¿Cómo se toman las decisiones?, etc.

Los entrevistados consideran que estos debates son, quizás, lo más rico y trascendente de estas experiencias. La economía social desarrollada en el seno de las organizaciones de trabajadores desocupados se vuelve así, en nuestra sociedad, un elemento que se rescata como experiencia de enorme relevancia cultural.

 

 

 

 

 

6. Principales obstáculos o problemáticas asociadas

    6.1. En términos de los emprendimientos

           

            La percepción de los entrevistados vuelve a manifestar una significativa unanimidad al puntualizar las dificultades u obstáculos más importantes que se encuentran en el desarrollo de los emprendimientos productivos considerados. En términos de las cuestiones recurrentemente señaladas, puede establecerse el siguiente detalle:

 

§         Dificultades o limitaciones vinculadas a los escasos recursos propios con que cuentan.

§         Imposibilidad de acceder a líneas de crédito convencionales.

  • Falta de maquinarias, equipos e instrumentos de trabajo.

  • Falta de insumos, o del flujo necesario de los mismos.

  • Falta de cuadros técnicos con un nivel de capacitación adecuado.

  • Necesidad de un apoyo y seguimiento técnico “de proximidad” en las distintas fases de desarrollo de la experiencia, desde la formulación del proyecto hasta la implementación y consolidación del mismo.          

  • Falta de acceso a información técnica específica sobre: normas de calidad, diseño de productos y envases, formas de comercialización, mercados potenciales, etc.

  • Falta de acceso a información de coyuntura, -monitoreo de variables relevantes para el sector-, que sirva para operar y tomar decisiones.

  • Dificultades en la comercialización de sus productos o servicios más allá de un pequeño círculo local muy acotado.

  • Dificultades de gestión, -en particular en emprendimientos de una escala relativa mayor-, en la sincronización de las diversas instancias o procesos implicados (administrativos, de producción, comerciales, etc.).

           

En líneas generales, las cuestiones anteriormente detalladas podrían sintetizarse en dos grandes tipos de obstáculos o limitaciones básicas: económico-financieras y de acceso a la información y capacitación técnica.

Los actores entrevistados coinciden en que el tipo de emprendimientos de economía social indagados, son habitualmente experiencias casi totalmente dependientes de la financiación estatal a través de programas especiales, y de que ésta llegue en tiempo y forma. Ello constituye, en la percepción de los entrevistados, un punto que señala su nivel crítico de dependencia y vulnerabilidad, ya que la financiación adicional o alternativa a través de fundaciones extranjeras -en la mayoría de los casos europeas- resulta algo relativamente poco frecuente.

Más allá de las problemáticas puntualizadas, algunos entrevistados señalan otros obstáculos, en este caso vinculados a cuestiones más estrictamente endógenas. Al respecto se plantea la dificultad, -particularmente en desocupados de larga data-, de retomar la disciplina laboral. En este sentido, asignar continuidad a la participación de los miembros de la organización en los emprendimientos no constituye un problema menor.

Asimismo, se menciona la persistencia de actitudes individualistas -en muchos casos, de desocupados que tienen competencias técnicas y laborales aún no devaluadas- que se manifiestan a través de cierta resistencia a integrarse a proyectos productivos colectivos, no sólo en términos de la participación personal, sino de invertir algún capital, incluso a través del aporte de maquinarias e instrumentos de trabajo.

Por último, algunos entrevistados señalan el obstáculo que pueden configurar determinadas concepciones o matrices ideológicas imperantes en las organizaciones, las que -en lugar de  ayudar a potenciar y profundizar la experiencia de economía social-, la interfieren, limitan u obstaculizan.

 

 

   6.2. En términos de las organizaciones

             

            Los entrevistados coinciden en considerar que el trabajo comunitario en el barrio constituye la experiencia de origen de las diferentes organizaciones de desocupados.  En general, tanto en el caso de las organizaciones autónomas como de aquellas otras más orgánicamente vinculadas a partidos políticos o centrales sindicales –como en el caso de la FTV- el comedor fue la actividad comunitaria a través de la cual comenzaron a nuclearse. La necesidad de asegurar el alimento de los sectores más vulnerables de la comunidad fue, en casi todos los casos, el detonante a partir del cual fueron surgiendo los primeros agrupamientos de vecinos. Paulatinamente, la actividad comunitaria se diversifica y se orienta también a guarderías, panaderías, bibliotecas, etc.

En términos del relato de la experiencia de los actores entrevistados, las decisiones en los agrupamientos de vecinos se toman en cada barrio a partir de asambleas o cabildos, en un proceso de conformación grupal donde lo que prima es una fuerte horizontalidad. Se combate el personalismo y los cabildos o asambleas no tienen un representante fijo sino que va rotando, y éstos -a su vez- se reúnen con los representantes de los otros barrios y pronto comienzan a articularse para conseguir mayores recursos. Comienza a producirse un crecimiento sostenido, en parte debido -desde la perspectiva de algunos entrevistados-, al agudo descreimiento existente en las instancias y representaciones tradicionales y, en parte, por el manejo transparente y comunitario de los recursos conseguidos para los comedores.

Al comienzo, la lógica con que operan es claramente reivindicativa, lo fundamental era mantener el nivel de organización y movilización para conseguir bolsones de alimentos y planes sociales.

En líneas generales, los entrevistados señalan el 2002 como el momento en que esta lógica comienza a virar decididamente hacia un esquema más orientado a los emprendimientos y proyectos productivos. A su criterio, el cambio abre nuevas perspectivas a las organizaciones, pero plantea una serie de problemáticas específicas, -novedosas y complejas-, que constituyen un desafío de gran significación. 

En primer lugar, les plantea la necesidad de adecuar sus equipos de gestión: “una cosa es gestionar alimentos y planes y otra muy distinta gestionar emprendimientos productivos”. Se impone trabajar sobre la capacitación de los equipos y la articulación con sectores técnicos externos a la organización. “Los propios cuadros técnicos no alcanzan”. En este sentido, la instancia misma de formulación de los proyectos les plantea, a veces, dificultades insalvables.

El concepto mismo de trabajo autogestionado resulta difícil de asimilar. El concepto de “trabajo” que tiene vigencia en los barrios, es el de trabajo asalariado, en relación con un “jefe”. El nuevo concepto “debe ser bajado como línea política de la organización”. Los desocupados miembros de éstas, no están acostumbrados a producir por su cuenta. Es por ello que en los emprendimientos llevados a cabo, el que organiza la experiencia productiva es el referente político del barrio. Incluso, al inicio, el armado de los proyectos es centralizado, con un claro liderazgo de la estructura formal de la organización.

Las organizaciones se encuentran también en la necesidad de designar los miembros que participarán de cada experiencia productiva, y eso frecuentemente implica remontar la falta de costumbre de trabajo sistemático que se ha instalado en los desocupados de larga data. Lo mismo ocurre en términos de las competencias y destrezas técnicas perdidas. Ello configura un marco de obstáculos que signa las experiencias productivas con una alta rotación de los participantes, lo cual no ayuda a dar continuidad y consolidar los proyectos.

En la medida que las organizaciones básicamente financian sus emprendimientos con recursos otorgados por el Estado, la manera de cómo negociar con un interlocutor tan poderoso plantea cuestiones de difícil solución. Los entrevistados sostienen que algunas organizaciones se han negado a aceptar cualquier tipo de subsidio y han preferido mantener su independencia en este sentido. Otras se han avenido a negociar y en la competencia por los subsidios se han distanciado entre ellas, fragmentándose de manera tal que se dificultan considerablemente eventuales articulaciones posibles. Al respecto un entrevistado puntualiza:

 

“Me parece que en la negociación con el Estado ‘salieron perdiendo’, tomaron las mañas del poder..., se volvieron muy dependientes...eso las hace frágiles”.

 

            En este sentido, la incorporación en la gestión de las políticas sociales de la emergencia, -asegurándose así un mayor acceso a los recursos-, parece promover en muchos casos cierta “domesticación” de las formas organizativas (Arias y ot. 2004).

En términos de las problemáticas que se observan en este nuevo contexto, algunos actores entrevistados plantean que la misma relación ‘empresas sociales-organizaciones’ es una relación en algún punto contradictoria y generadora de diverso tipo de tensiones, particularmente en un escenario futuro en el que los emprendimientos empiecen a tomar mayor envergadura. En este caso, se plantea que es probable que los mismos consoliden una lógica propia que -eventualmente- pueda no coincidir con la de la organización. Esto plantea una situación potencialmente problemática ya que –al menos en la actualidad-, por lo general, los emprendimientos dependen de la organización en cuestiones centrales, tales como: la forma y los criterios con que ésta distribuye a la gente entre las distintas unidades productivas, los recursos que consigue, etc.  Por su parte, es evidente que las organizaciones no piensan sólo en términos de las unidades productivas sino que, necesariamente, lo hacen en términos de una lógica de la organización, de construcción de poder desde y para la organización en su conjunto. ¿Cuál es el margen de compatibilidad entre ambas lógicas? ¿La mayor autonomización de las unidades productivas es una pérdida de poder para la organización? ¿Pueden pensarse vínculos de mayor autonomía entre ambos términos; a la organización como acompañando el proceso de las unidades productivas?

Se trata de una problemática que pondrá a prueba la flexibilidad y capacidad de encontrar soluciones innovadoras y creativas por parte de todos los actores intervinientes.

 

 

7. Rol del Estado

 

Respecto del rol del Estado en el desarrollo y consolidación de un sector de economía social en nuestro país, la concepción de los entrevistados plantea un consenso unánime: resulta un actor estratégico e imprescindible.

Se considera que debe asumir una posición muy activa en todos los ámbitos de gobierno, -tanto nacional, como provincial y municipal-, con el desafío de desarrollar un alto grado de coordinación entre los mismos y al interior de cada uno. En la concepción de nuestros entrevistados, la economía social requiere por parte del Estado un abordaje integral, con una bajada al territorio adecuadamente integrada.

La intervención de los niveles locales se plantea como fundamental, llevando a cabo diagnósticos participativos de fortalezas y recursos con la intervención del conjunto de las organizaciones de la sociedad civil. En este sentido, se remarca la importancia de Consejos Consultivos “verdaderamente operantes”, que actúen eficientemente en términos de articular y regular la economía social local.

Es decir, se plantea que el Estado, sólo por sí mismo, no puede “inventar” un sector de economía social. Necesita contrapartes, organizaciones comprometidas, actores sociales que lleven adelante el proyecto. En este sentido, se formulan reiteradas referencias a la fragilidad técnica y, en algunos casos, institucional de quienes son -o deberían ser- las contrapartes necesarias.

Más allá de ello, se observa un marcado consenso acerca de lo que ineludiblemente le corresponde hacer al Estado. Fundamentalmente, podríamos sintetizarlo en las siguientes cuestiones:

 

§         Tiene la responsabilidad de crear el marco legal y la normativa jurídica correspondiente que promueva y asegure el funcionamiento del sector dentro de la ley. Crear una institucionalidad fundada en valores solidarios pero que cuente con el correspondiente respaldo legal y que le asigne a la economía social la legitimidad social -en todo sentido- que la misma debe tener.

§         Transferir recursos económicos y facilitar el acceso a líneas de crédito que contemplen la especificidad del sector.

§         Transferir recursos técnicos adecuados en tiempo y forma a las diferentes necesidades específicas.

§         Promover la articulación del sector, -un mundo de micro-empresas aisladas no tiene viabilidad-, ejerciendo el rol de promotor de encuentros, debates e intercambios de concepciones y experiencias (locales, nacionales e internacionales).  

 

Todo ello implica una decisión política muy fuerte desde los máximos niveles de gobierno. Sin ese compromiso, a criterio de los entrevistados, resulta poco serio plantearse el desarrollo de un sector de economía social que resulte verdaderamente competitivo, que pueda realmente ser capaz de incorporarse a dinámicas productivas de crecimiento.

Respecto de ello, en términos generales, el mayor logro que los entrevistados reconocen a los programas de economía social implementados actualmente desde el gobierno es haberse animado a plantear concepciones alternativas -la idea de que “política social” es “política socio-económica”-, haber ayudado a instalar la problemática y la discusión de temas de fondo de la economía social, en la agenda pública y en las mismas organizaciones. Esta política es considerada valiosa no sólo por los recursos de diferente tipo que transfiere a los sectores más necesitados, sino también en la medida en que “descubre” y abre espacios y discusiones sobre cuestiones que resultan francamente novedosas. El problema que se señala es que no tiene el alcance que sería necesario para adquirir una relevancia real o verdaderamente significativa, no resulta suficiente, no logra la escala que se necesita.

Aún quienes se encuentran más próximos a la gestión gubernamental, reconocen que recuperar la  economía del país depende de otro tipo de política, que se plantee como una verdadera estrategia de desarrollo. Es decir, con otra escala, otro nivel de integralidad, con otro nivel de compromiso y decisión política.

            Simultáneamente, las miradas más críticas plantean que usar recursos de deuda para la política social es una decisión de graves y trascendentes consecuencias. Al hacerlo, son los organismos internacionales los que finalmente definen la política social a través de las múltiples condicionalidades que nos imponen. Específicamente, en relación a la economía social algunos entrevistados plantean que: “los condicionamientos del Banco Mundial, presuntamente financiando el sector, distorsionan las experiencias..., promueven el fracaso”.

 

8. El desafío de la articulación con la universidad

 

En términos de un desarrollo significativo del sector, los entrevistados plantean que no sólo se necesita de la acción comprometida, decidida  y enérgica del Estado. Se requiere también de una alianza estratégica muy fuerte con los sectores de la ciencia y la tecnología. En ese sentido, las universidades -y en particular la universidad pública- están llamadas a cumplir un papel de enorme relevancia.

En el discurso de los entrevistados, pueden observarse al menos dos posiciones bien diferenciadas respecto del actual papel que cumple la universidad en relación a las necesidades que atraviesan los sectores populares. Algunos sostienen que, lamentablemente, la universidad se encuentra totalmente divorciada de las necesidades de los sectores excluidos del sistema o, al menos, el vínculo es francamente débil. Plantean que, más bien, “el rol de la academia y los intelectuales en los últimos veinte años ha sido estar cerca del poder”.

Por su parte, otras opiniones enfatizan que en algunos ámbitos académicos se visualiza una clara inquietud por la articulación, e incluso, que pueden notarse avances en el intento de llevar adelante una política de integración y recuperación de los lazos con los sectores populares y sus organizaciones.

En todos los casos, se manifiesta la convicción de que para que esto tuviera viabilidad y proyección a futuro, habría que modificar radicalmente la formación impartida, de modo de promover “otras cabezas; cabezas creativas, democráticas, respetuosas de los saberes populares...”. Cabezas que abandonen las actitudes “iluminadas” o tecnocráticas para poder acceder a una “actitud de intercambio de saberes sociales, de construcción de saberes transdisciplinarios, de pensamiento colectivo que permita recuperar lo mejor de los saberes y tradiciones populares”.

Para ello, también hay quienes rescatan el valor de las prácticas de voluntariado universitario, que pone a los futuros profesionales en contacto directo con problemáticas sociales requeridas de miradas e intervenciones multidisciplinarias y solidarias.

En términos específicos de la economía social llevada a cabo en el marco de las organizaciones de trabajadores desocupados, se plantea una significativa unanimidad en la necesidad de consolidar puentes entre los dos universos, involucrar a los cuadros técnicos de modo que puedan establecer “relaciones de acompañamiento, aportando desde las propias competencias y capacidades”. Se requiere una actitud distinta, que requiere “una nueva inteligencia y un nuevo corazón” (D´Elía, 2000).

 

 

9. La FTV y su inclusión como actor de la economía social

    9.1. Algunas notas sobre su modalidad de intervención

 

A partir del año 2002, los entrevistados señalan que la organización consolida fuertemente una estrategia de economía social, orientada inicialmente a emprendimientos en el rubro de alimentos y textiles. Actualmente, lleva también adelante en diversos puntos del país distintas iniciativas vinculadas con la construcción de viviendas y servicios de infraestructura urbana. Las características generales de la organización, así como el número y escala relativa de los emprendimientos, le asignan un papel destacado en el escenario nacional de la economía social.

Su modalidad operativa plantea habitualmente el armado de los distintos emprendimientos productivos bajo la figura de “cooperativas”, en las que suelen incorporarse entre 15 y 20 miembros por proyecto, planteando -en algunos casos- una estrategia de encadenamientos productivos verticales y horizontales.

Específicamente respecto de la calidad de los proyectos que presenta para ser financiados con recursos provenientes de los planes de la política pública, se observa una marcada controversia entre los entrevistados que se desempeñan en diversas áreas de la gestión gubernamental. Algunos señalan importantes déficits en términos de la formulación de los mismos, así como de la coordinación de una estrategia territorial más integrada (presentación de demasiados proyectos de un mismo rubro en una misma área territorial, por ejemplo). Otros funcionarios entrevistados destacan -por el contrario- el nivel técnico y la calidad de los proyectos presentados, mientras otros hacen referencia a la necesidad de una mayor integración y trabajo conjunto entre los equipos técnicos de la organización y la gente del barrio que participará concretamente de los emprendimientos.

Desde la propia perspectiva expresada en el transcurso de la presente investigación, la FTV se plantea como una organización que aspira para sus miembros no simplemente subsidios asistencialistas: “... queremos una solución de alcance mayor....”. Se aspira a una alternativa de trabajo y producción, en un marco general de economía mixta, que contemple distintas áreas: pública, privada y social. Sostiene que si bien hoy el área social es incipiente, su aspiración para el sector es transformarlo en una verdadera economía social de escala, única manera de poder “consolidar un nuevo esquema productivo”. Para ello considera imprescindible un adecuado y eficiente apoyo estatal.

Su planteo hace referencia a que la consolidación del sector se orienta al objetivo de lograr “una distribución más democrática del poder y del ingreso en la sociedad”, “una sociedad más justa, más democrática y más solidaria”.

En cuanto a su forma de organización, destaca su estructura “nacional, federal, democrática y participativa...” que partiendo de una organización de gran horizontalidad en cada barrio, conforma mesas distritales, provinciales y mesa nacional, asambleas provinciales y asambleas nacionales. “Todas las decisiones se toman a partir de la reunión de las estructuras orgánicas”.

En términos generales, el resto de actores entrevistados reconocen como punto fuerte más positivo de la FTV su gran capacidad política y social de convocatoria, de representación, de articular demandas y dar respuesta, de interpelación a las autoridades. En este sentido, en términos de otras organizaciones, la FTV se posicionaría de modo comparativamente favorable. Se le cuestiona básicamente su cercanía con el poder, el cariz supuestamente clientelístico de sus relaciones; la forma de organización, presuntamente más centralista o jerárquica que la de las organizaciones autónomas; así como la característica “simplemente re-distributiva” de la matriz ideológica que -en términos de la percepción de algunos entrevistados- estaría sustentando su comprensión de la realidad y su práctica concreta.

 

 

 

    9. 2. La vivienda y el hábitat: un eje estratégico

 

            La FTV -como dijéramos anteriormente-, surge estrechamente vinculada al déficit de vivienda y a las inadecuadas condiciones habitacionales experimentadas por los sectores populares de La Matanza, situación que se agrava de modo considerable a partir de las inundaciones ocurridas en 1986.

Muchos de los barrios que hoy constituyen bastiones significativos de la importante cuota de poder territorial que exhibe la FTV, surgieron de la toma de tierras desocupadas. Pero esa ocupación no se hizo de cualquier manera. En este sentido, cabe señalar las profundas diferencias existentes entre estos asentamientos surgidos de las tomas de tierras y las villas de emergencia “tradicionales”. Si bien, ambos son conjuntos de viviendas populares que - habitualmente- comparten la condición de estar ubicados en terrenos fiscales o de terceros, las diferencias que plantean son rotundas.

En general, las villas de emergencia han crecido desordenadamente -con viviendas construidas con materiales precarios, al margen de todo ordenamiento edilicio, sin trazado circulatorio adecuado ni servicios básicos-, en las proximidades de los grandes centros urbanos. Allí, sucesivas oleadas de inmigrantes -provenientes del interior de nuestras provincias o de los países limítrofes- se fueron instalando, en busca de mejores posibilidades de trabajo, -y de acceso a la salud y la educación para sus hijos-, que en sus lugares de origen. En general, cada familia fue llegando y se fue  instalando por su cuenta -individualmente- y en muchos casos, con la idea de estar asegurándose un alojamiento que debía ser sólo provisorio.

La conformación de los asentamientos plantea características radicalmente diferentes. Los asentados han accedido a los terrenos a través de un movimiento colectivo, pacífico y planificado “de toma”, se trata de un fenómeno claramente “social”, donde desde el inicio se contemplan las cuestiones de interés de todos: se diseña el trazado circulatorio de todo el barrio, se asignan lotes bien delimitados a cada familia, se resguardan los “espacios comunes” destinados a la futura instalación de la plaza, el centro de salud, la escuela, etc. La manzana constituye la unidad territorial organizativa del conjunto del asentamiento. Las normas de urbanización habituales en la zona se respetan cuidadosamente. Todo ello se orienta al objetivo que constituye la meta prioritaria: obtener la legalidad de la posesión de esas tierras que antes de su llegada se encontraban desocupadas. En algunos casos, los asentados logran la propiedad de los  terrenos a través de planes públicos de regularización dominial. El conjunto de cuestiones señaladas, favorece la radicación progresiva de viviendas con características menos precarias que la de las villas, en muchos casos autoconstruidas en el marco de sistemas solidarios de ayuda mutua.

A pesar de los cambios experimentados en su trayectoria, que la llevaron finalmente a posicionarse como una de las más importantes organizaciones de desocupados, la FTV sigue considerando la temática de la vivienda y el hábitat popular como uno de los ejes centrales y más estratégicos de su trabajo.

Al respecto, resulta importante señalar que el barrio constituye un espacio territorial de fundamental importancia para los sectores populares. Particularmente en contextos de crisis socio-económica, el barrio deviene el escenario privilegiado en el que estos sectores desenvuelven casi la totalidad de su vida. Las inadecuadas condiciones habitacionales, así como las referidas a la infraestructura urbana – calles, veredas, desagües, cloacas, iluminación- condicionan negativamente -y en múltiples sentidos- la vida cotidiana de estos sectores, reforzando las vivencias de abandono y marginación (SIEMPRO, 2004).

Por otra parte, en las nuevas condiciones imperantes el barrio cobra una importancia fundamental en la medida que “los trabajadores sin trabajo” -como señala Rauber (2003)- hacen del territorio donde viven su nuevo ámbito de resistencia, de lucha, organización y propuesta de transformación de la sociedad: “la nueva fábrica está en el barrio”. Se genera política desde la realidad de los barrios.

En este contexto, numerosos emprendimientos de economía social, haciendo uso de la capacidad de trabajo disponible entre los mismos vecinos -y confirmando la centralidad que ha adquirido la lógica de lo territorial-, se han orientado de manera preferente al mejoramiento del hábitat en función de “demandas” concretas. Específicamente, la FTV ha desarrollado -en distintos lugares del país- una considerable experiencia al respecto, en el marco de una concepción que considera que condiciones habitacionales dignas constituyen un derecho social prioritario e inalienable.

En el marco de la presente investigación y con el objetivo de indagar su experiencia sobre este tipo de emprendimientos, se realizaron entrevistas en el asentamiento más antiguo de los que conforman la FTV en el conurbano bonaerense: el Barrio El Tala,  en la localidad de San Francisco Solano, en Quilmes. El barrio surge de una toma de tierras en noviembre de 1981, en el que se tomaron todos los campos vacíos que estaban a la vera del arroyo San Francisco. En 21 hectáreas, se instalaron cerca de 500 familias, aproximadamente unas 3.000 personas. Los inicios no fueron fáciles:

 

“Hace 23 años  -cuando ‘tomamos’-, teníamos un lema: ‘Nos vamos todos o nos quedamos todos’... Hemos enfrentado a los milicos, a las topadoras, a un cerco policial por 7 meses, dónde no te dejaban entrar una aguja... y nuestro desafío era que cuando despuntaba el alba, en lugar de haber cuatro ranchos tenía que haber siete levantados..., haciéndole la gambeta al cerco policial...”.

 

Paulatinamente, a través de una Ley de Expropiación provincial que declara de interés social al predio, se consigue la regularización dominial de los lotes, la que termina de completarse en el 2004. De este modo, los terrenos pueden ser legalmente adquiridos a un costo que contempla el sentido social de la operatoria. Un terreno de 10 por 20 metros cuesta $1120, a pagarse en 44 cuotas de $25 cada una (aproximadamente U$S 8), documentadas oportunamente mediante una “chequera” del Banco de la Provincia de Buenos Aires, entidad que oficia de ente recaudador.

En el barrio se tiene experiencia con la autoconstrucción de viviendas desde 1999, en que se construyeron 46 viviendas a través del programa provincial de Vivienda Básica Asistida. Actualmente, la organización CTA FTV -a través del Programa Federal de Emergencia Habitacional, dependiente de la Subsecretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda del Ministerio de Planificación Federal, Inversión Publica y Servicios- ha iniciado en el barrio la construcción de 104 viviendas, en dos etapas de 52 viviendas cada una. El Programa se desarrolla a través de la acción coordinada de distintos organismos[5], ya que lo que se pretende es tender a solucionar la emergencia habitacional y laboral simultáneamente. Para ello, beneficiarios del Programa Jefes y Jefas de Hogar Desocupados así como desocupados no beneficiarios de dicho programa, organizados en cooperativas de trabajo para la construcción de viviendas, constituyen el recurso humano que se hace cargo de aportar el trabajo necesario.

En el Barrio El Tala, la construcción de las viviendas se realiza a partir de la organización de 8 cooperativas, compuestas de 16 integrantes cada una. Cada cooperativa toma a su cargo la construcción de cuatro viviendas, si bien en algunas etapas del proceso constructivo se organizan equipos de trabajo conjunto. No se trata ya de un sistema de autoconstrucción y ayuda mutua sino de la conformación de empresas sociales en las que los trabajadores, en términos tributarios están encuadrados en el régimen de monotributo social[6], y cuentan también con cobertura de Obra Social y seguros de trabajo.

El Programa provee los recursos para el pago de la mano de obra y de los materiales utilizados. Si bien el Programa prevé montos diferenciados de ingresos para los miembros de cada cooperativa, de acuerdo al nivel de especialización de cada uno -aproximadamente, entre $350 y $500 por mes (entre U$S 117 y U$S 167) -, el conjunto de la FTV Barrio El Tala ha resuelto que los ingresos sean similares en todos los casos. La concepción de fondo que sustenta esta decisión se ve expresada en el lema de: “Esfuerzo común, ganancia en común” que sostienen.

El Programa asigna actualmente $25.000 por vivienda a construir (U$S 8.333), previendo que el 12% de dicho monto ($ 3000) deberá destinarse a las cuestiones de infraestructura correspondientes (agua, cloacas, cordón cuneta, veredas, etc.).

En términos generales, se estima que el 60% del monto total asignado se invierte en la compra de materiales y el 40% restante en el pago de mano de obra.

El tiempo estipulado para la construcción de las viviendas es de aproximadamente cinco meses, los que pueden prolongarse en función del incumplimiento en las fechas de entrega de los montos comprometidos. En la experiencia de los entrevistados las demoras al respecto se originan habitualmente a nivel de los organismos provinciales. Las cooperativas se encargan de la administración del total de los recursos asignados y gestionan el conjunto del proceso hasta la finalización de las obras.

Por su parte, es la misma organización barrial CTA-FTV la que establece los criterios para la asignación de las distintas unidades de vivienda que se construyen, de acuerdo a los distintos niveles de emergencia habitacional detectados, y en función de cupos que se establecen para los miembros de la organización, para vecinos del barrio que no pertenecen a la organización, e incluso para vecinos de barrios aledaños. Los beneficiarios se comprometen a pagar al Instituto Provincial de la Vivienda, una cuota fija sin intereses de $35 mensuales -aproximadamente U$S 12- durante 50 años. El organismo recaudador es el Banco de la Provincia de Buenos Aires.

Si bien el Programa plantea un prototipo único de vivienda de 43 m2 -que incluye comedor, cocina, dos dormitorios, pasillo y baño- como en el barrio indagado la construcción no se realiza sobre predios vacíos sino en lotes con vivienda existente, el prototipo ha sido redefinido -con la ayuda de una ONG de la zona- y se están construyendo las viviendas con el metraje previsto en el prototipo original pero ajustadas al nuevo diseño.

La organización cuenta con una instancia federativa –la Federación Argentina de Trabajadores por la Vivienda, la Tierra y el Hábitat, FTV Limitada- que nuclea al total de las cooperativas de trabajo para la construcción de viviendas e infraestructura urbana que operan -en el marco de la organización- en todo el país. Actualmente, se encuentran federadas más de 100 cooperativas de características similares a las descriptas en el Barrio El Tala, integradas por 2000 trabajadores desocupados, e involucradas en la construcción de 800 obras.

La envergadura e interés de estos emprendimientos, ha hecho que diversas organizaciones sociales de diferentes países hayan venido en distintas ocasiones a Argentina a reunir información y experiencia respecto de las modalidades operativas y de organización con que la FTV lleva adelante esta línea de trabajo. Dicho intercambio ha abierto también para la organización un amplio campo de aprendizaje.

 

 

 

10. Perspectivas futuras

 

Más allá del tipo específico de emprendimientos de economía social abordados en la presente investigación, para algunos de nuestros informantes claves entrevistados resulta evidente que la consolidación del conjunto del sector requiere mejorar significativamente sus niveles de autopercepción. Para ello, la construcción de un “mapa del sector”, que identifique y caracterice las principales experiencias que se están llevando a cabo, parecería un elemento de importancia en la construcción de la necesaria identidad colectiva. Uno de los objetivos prioritarios sería poder poner en evidencia la propia diversidad, reconociéndola y afirmándola como parte de su extraordinaria riqueza.

Otra de las cuestiones que estaría condicionando las perspectivas futuras del sector, es su posibilidad de generar interrelaciones o vinculaciones significativas, superando cierto encapsulamiento que le impide lograr una escala más adecuada. En este sentido, el desafío es promover espacios de encuentro y debate que faciliten e instalen una modalidad sistemática de cooperación y adecuadas articulaciones al interior del sector mismo, así como con el sector privado y público de la economía. Resultaría prioritaria “la articulación en red al interior del subsistema y, simultáneamente, una articulación con la economía formal”. Estas vinculaciones “con el afuera” resultan de un alto valor estratégico si lo que se pretende es el desarrollo de una economía social de escala que sea capaz de incorporarse a verdaderas dinámicas productivas de crecimiento. No sólo en términos de los individuos el hecho de unirse, la solidaridad y las distintas formas de cooperación genera recursos y permite resolver mejor las necesidades. También a nivel de las organizaciones y sectores económicos. El conjunto del sector de la economía social debe poder darse la misma estrategia.

Lo anteriormente planteado estaría condicionando también significativamente sus posibilidades de mejor o peor posicionamiento frente al Estado, interlocutor privilegiado del sector, respecto del cual éste debe poder plantearse -si se pretende una economía social realmente de escala- una estrategia muy coordinada e inteligente.

En términos de evaluar en qué medida el desarrollo de esta economía puede considerarse una alternativa viable al capitalismo, los entrevistados -en general-, tienden a considerar que constituye un elemento significativo que se orienta en esa dirección, que puede ser pensada como un punto de partida, pero coinciden en ser cautelosos: “... es una condición necesaria, pero no suficiente...,  las transformaciones deben darse a nivel macro...”. Es decir, la escala que logre se considera decisiva.

 

 

11. A modo de cierre

 

Parte de la complejidad de la temática abordada es que -tal como sostienen algunos entrevistados- la economía social admite lecturas opuestas considerablemente contradictorias. En un sentido, desde cierta perspectiva podría ser considerada una nueva estrategia de control de las formas de auto-organización de los sectores populares “fomentadas por los organismos multilaterales y los Estados neo-liberales”.

Simultáneamente, admite también ser comprendida como la genuina expresión de los sectores más sumergidos que manifiestan una clara intencionalidad de establecer y consolidar nuevas relaciones sociales, fortaleciendo su capacidad de desarrollo autónomo.

Muchos se plantean, entonces, legítimos interrogantes: ¿La economía social es una expresión genuina de lo verdaderamente innovativo, tiene un alcance emancipador, se trata de algo surgido de la sociedad civil verdaderamente disruptivo y no-funcional al sistema? ¿O sólo apunta a la inclusión de los excluidos como excluidos? ¿Está condenada a ser sólo una economía de pobres para pobres? ¿Se trata de una nueva estrategia de control...?

      En términos concretos, sin embargo, resulta evidente la capacidad de la economía social de dar respuestas relativamente masivas, capacidad que actualmente no tiene la economía de mercado. Las distintas iniciativas de economía social surgidas en medio de la desolación y el desamparo de la crisis,  -novedosas pero profundamente arraigadas en una prolongada experiencia histórica popular- permiten augurar la posibilidad de iniciar la construcción de un modelo alternativo, afianzando una lógica fuertemente renovada en el ámbito económico-social de nuestras comunidades, con importantes beneficios tanto para los sectores más vulnerables -participantes directos de la experiencia- como para el conjunto de nuestra sociedad.

En este sentido, la investigación de su viabilidad -así como el desarrollo de adecuadas estrategias de sustentabilidad-, se vuelven éticamente indispensables.

            En un marco signado por el dramatismo y la urgencia de “la nueva cuestión social”, la solidaridad y la creatividad innovadora de los sectores más castigados parecen plantear una alternativa, sugerir el camino. 

            Las palabras de un escritor que escribió en prosa, -pero que era un poeta-, tal vez nos permitan también encontrar una orientación. Dice Italo Calvino (1995): “El infierno de los vivos no es algo por venir; hay uno, el que ya existe aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Hay dos maneras de sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él hasta el punto de dejar de verlo. La segunda es riesgosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacer que dure, y dejarle espacio.”

En la construcción de la economía social, parecería que de algo de eso se trata.

 

 

   Buenos Aires, enero de 2005

 

 

 

 

 

 

 

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[1] Publicado en: Revista ERASMUS, Año VI, N° 2, 2004, ISSN 1514-6049. Publicación científica internacional semestral de Ciencias Sociales y Humanas de la Fundación ICALA, Ediciones del ICALA, Río Cuarto, Argentina.

[2] Lic. en Sociología y Psicóloga Social. Maestranda en Sociología Económica, Instituto de Altos Estudios Sociales, Universidad Nacional de General San Martín (Tesis en elaboración). Coordinadora del Capítulo de Economía Social, Cátedra UNESCO sobre las Manifestaciones Actuales de la Cuestión Social, Instituto Torcuato Di Tella. Consultor Senior Sistema de Información, Evaluación y Monitoreo de Programas Sociales (SIEMPRO), Consejo Nacional de Coordinación de Políticas Sociales, Argentina.

 

[3] Las citas efectuadas a lo largo de este trabajo entre comillas y en itálica, corresponden a expresiones textuales de los informantes clave entrevistados en el curso de la investigación realizada.

[4] Mi especial agradecimiento a la predisposición solidaria de todos los entrevistados, que en medio de sus múltiples ocupaciones supieron encontrar el momento posible para las entrevistas. Sin su generosidad, obviamente, este trabajo no hubiera sido posible.

[5] A nivel nacional, además de los organismos señalados, intervienen: el Ministerio de Desarrollo Social -a través del Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social (INAES) y el Programa Arraigo (Banco de Tierras)-, y el Ministerio de Trabajo, Empleo y Seguridad Social -a través del Programa Jefes y de la Administración Nacional de la Seguridad Social (ANSES). Los Estados Provinciales participan a través de los Institutos de Vivienda y organismos jurisdiccionales de competencia. Los Gobiernos Municipales de los territorios donde se desarrolla  el Programa actúan como unidad responsable de la ejecución del mismo. Para una descripción más pormenorizada, ver la página de la Subsecretaría de Desarrollo Urbano y Vivienda: http://www.vivienda.gov.ar/programas.htm#prog

[6] A través del Registro de Efectores habilitados por el Ministerio de Desarrollo Social (Decreto 189/04).